Columna publicada en "El Heraldo" Julio 26 de 2011
Por: Ricardo Buitrago C
Confieso que dudé en escribir esta columna. Es que… el tema es duro y probablemente hiriente de susceptibilidades engendradas en la veneración a un personaje idolatrado por sus ejecutorias y destrezas. ¡Y allí me incluyo!
El asunto se torna más delicado cuando ese icono de la majestuosidad y engrandecimiento de la música, a quien me es imposible sacar del contexto temático, se debate entre la vida y la muerte. No obstante, decidí asumir el costo de expresar opinión y correr el riesgo de meterme en la grande… así que ahí voy:
La ponderación de ídolos por grandezas, dones y maestrías en sus obras se convierte en apología a penosos desatinos personales, cuando se pone de presente que en la consecución del éxito mediaron elementos exógenos a la creatividad natural: la utilización de drogas, por ejemplo.
Y aquí caigo en el punto, incomodo, de involucrar al personaje del momento, querido y ensalzado por su extraordinaria obra musical, revivida mediante programa televisivo de alto rating.
La novela “El Joe, la leyenda”, del canal RCN, inició con el sabor, sabrosura y admiración a un personaje que le ha aportado a la música un legado imponderable e insustituible, pero le empezó a dar también, a quienes añoran imitarlo, un ejemplo funesto cuando, el libretista, optó por narrar episodios de la vida del artista que mas que factor de ponderación deberían serlo de vergüenza: las drogas.
La vida real del Joe puede estar marcada con ese nefasto suceso, pero la leyenda, que su creatividad musical ha generado, no había por qué mancharla trayendo el episodio a un primer plano, potencializando las drogas como coadyuvantes de virtuosidad.
El libretista introduce en la trama, de manera recurrente, escenas de drogadas alucinantes con los lucimientos que sus efectos, de acuerdo a la novela, le otorgan al artista en composiciones, improvisaciones, y magistrales interpretaciones, pasando de un tajo del espectáculo degradante del consumo a la sublimación del éxito con ellas conseguido.
Obnubilados por el deleite sensorial que proporcionan obras y actuaciones de artistas, deportistas, y gente del espectáculo, no podemos trazar una rasante diferente para calificar en ellos lo censurable creándonos, en el subconsciente, una barrera que impida reprochar excesos, que en otros repudiamos: eso equivale a una tacita licencia para cometerlos.
¿Falacia? El cantante Diomedes Díaz fue condenado por la comisión de homicidio en una noche de drogas y, aun así, mantiene incólume su popularidad y admiración delirante, con actuaciones, declaraciones, e incoherencias rayanas en la vanagloria de sus truculencias pasadas.
No pretendo juzgar los excesos que, de acuerdo a la novela, tuvo en su vida el Joe, pero si RCN quería resaltar las indiscutibles calidades musicales del artista, así fuese realidad de un pasado, no era necesario darle tratamiento apológico al consumo de estupefacientes como vehículo de éxito. Su música, estoy seguro, se va a fortificar con la novela pero, con ese libreto que tipifica la tolerancia a los desafueros, se está incitando al uso de drogas en personas, con o carentes de calidades artísticas, esperanzadas conque ese sea el instrumento potenciador de su gloria.











