Columna publicada en "El Heraldo" Febrero 22 de 2011
Por: Ricardo Buitrago C
Desempolvo hoy un cuento, en razón a que la Comisión de Observación Electoral reveló una encuesta en la que frías y escuetas cifras permiten concluir que la Costa Caribe es la zona del país en donde más se da la costumbre de vender el sufragio. Se infiere el vergonzoso y estigmatizante hecho, pero no las igualmente vergonzantes causas.
Ahí va, pues, la narración, que corresponde a una escena presenciada por Fernando Angulo, hace ya algún tiempo, en uno de los barrios subnormales de la ciudad: la ponina de tan solo 300 pesos por persona se hacía, entre cinco o seis desempleados y trabajadores informales, con el propósito de almorzar repartiendo a cada aportante un puñado de una porción de arroz que, envuelto en hoja de bijao, vendía un carretillero a $1500 pesos. Por el aroma que expelía se intuía era de lisa, porque migajas de ese pez entre los granos no se vislumbraban.
Conmovido por tan deprimente espectáculo, nos puso Fernando a cavilar con el tema cuando nos dedicábamos, pasada la elección parlamentaria, a hacer disquisiciones, conjeturas y juzgamientos sobre las denuncias y señalamientos en relación a la proliferación de compra-venta de votos en los comicios.
Así, cómodamente sentados y bien almorzados, sí que es fácil dictar cátedra sobre principios y deberes ciudadanos, concluimos en razonado examen de conciencia, distinto es que quien en paupérrima condición de vida resuelve su almuerzo con 300 pesos se niegue a recibir $30.000 por la compra de su voto, cuando con ello sacia por varios días el hambre.
Ahora, si pendejada es juzgar al necesitado, perverso es corromperlo y luego birlarlo. Y aquí desempolvo otro episodio que ha permanecido ofensivamente silente sin confirmación ni desmentido: una turba enardecida salió a “clamar cumplimiento” cuando negociaron su voto y no les cumplieron con la paga en supuestas transacciones ilícitas efectuadas, -dijeron informaciones periodísticas- para favorecer la elección de Karime Mota.
Y aquí viene el triste colofón de las reflexiones: en lugares en donde el hambre prolifere y el nivel de educación e instrucción sea inversamente proporcional a ella -cosa típica en la Costa Caribe- las elecciones se convierten en medio de supervivencia temporal para un sector desamparado, al que mercaderes de conciencias miran inescrupulosos cuando necesitan votos.
Ahora, imaginemos que mañana, con el mismo grado de analfabetismo, necesidades insatisfechas, hambre y desesperanza se realizasen elecciones en donde el voto comprado se redujese a cero y la afluencia de dinero dejase de primar en la consecución de adeptos. ¿Cuál sería el resultado?
Patético: abstención casi que absoluta. Vivimos en una democracia comprada, en donde la combinación de corruptela, hambruna y analfabetismo acostumbró a gran parte del electorado a negociar su voto o por lo menos la movilización para sufragarlo.
Las estadísticas de la MOE elaboradas, como el Plan Nacional de Desarrollo, desde las frías oficinas capitalinas, de nada sirven si no se corrige la paupérrima condición de vida de un gran número de habitantes del Caribe colombiano, con equidad en la distribución de recursos estatales. Porque: ¡que aquí se compran votos ya lo sabemos, y también que lideramos todos los índices negativos de país incluida pobreza y analfabetismo!










