Columna publicada en "El Heraldo" Agosto 9 de 2011
Por: Ricardo Buitrago C.
El sol no se tapa con las manos reza la popular frase válida en su aplicación para que no se oculten los reflejos de lo que resulta por desgracia funesto como, en efecto lo fue, el acto inaugural del Campeonato Mundial de Futbol Sub 20 realizado en nuestra ciudad.
Tampoco se pueden evitar los comentarios y cuestionamientos que coadyuvan a que un espectáculo que debió ser positivo se convierta en un lunar que mancha a una Urbe portadora, merecidamente, de una aureola de desarrollo, ejemplo y pujanza, para admiración de unos y malsanas envidias de no pocos. No trato de minimizar ni ocultar los errores que condujeron al fracaso. Pretendo si llevarlos a sus justas proporciones.
Empiezo por el craso error de caer en la tentación de hacer absurdas comparaciones como las que en sus criticas algunos han hecho con las imágenes, aun en la retina, de la inauguraciones de los Olímpicos de Beijín y el mundial de Suráfrica que crearon ilusas expectativas de un espectáculo de cercana categoría, a ellos, contando para su realización con 3.500 millones de pesos que no solo nos parecen un escándalo, sino que sin fundamento creamos suspicacias sobre su manejo, cuando en realidad son insignificantes si se comparan con los cien millones de dólares que costó uno solo de esos eventos dignos de emulación.
Un análisis detallado, ponderado y justo de lo acontecido debe hacerse, pero, sin intentar –como primera reacción de decepción y desconsuelo- destrozar con latigazos a quienes tuvieron la responsabilidad de organizar la inauguración del mundial pues al blandir la fusta es muy probable terminemos azotándonos a nosotros mismos.
No se nos olvide que -recojo frase emanada de la excelsa pluma de Emilia Sáenz de Ibarra-, “estamos en el mejor rincón de Colombia” – y la complemento con otra de Roberto Zabarain- “ubicado en la esquina de la Calle Mar Caribe con la carrera Rio Magdalena” y esa privilegiada ubicación despierta la envidia de quienes no tienen ese privilegio y desde la distancia centralista utilizan nuestro errores para magnificándolos, desprestigiarnos y relegarnos.
La vergüenza del espectáculo debemos asumirla como el jugador de beisbol que de buena fe y haciendo su mejor esfuerzo sale a atrapar la pelota y se le cae, propinando con su error la derrota al equipo. Ahí no valen las excusas del traspié por desnivel del gramado o el encandilamiento de las luces. ¡Se cayó y punto! Y eso no desacredita las calidades de las que el deportista venía precedido.
La realidad es que al día siguiente del cuestionado evento la prensa nacional hasta pondero los actos inaugurales. Dieron rienda a sátiras burlas y latigazos cuando nosotros mismos, a través de las redes sociales, comenzamos a azotarnos inmisericordemente y les dimos los elementos para una taimada campaña mediática en pro de descalificarnos para futuros eventos de gran beneficio para Barranquilla, como la sede de las eliminatorias mundialistas.
Hay que reconocer los errores y aprender de ellos, pero al agarrar la fusta de la crítica debemos evitar que con ella nos lapiden y no se deje que trasluzca el brillo del positivismo, el éxito y las cualidades que apocan lo que por desventura temporalmente nos ensombrece.










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