Columna publicada en "El Heraldo" Agosto 24 de 2010
Por: Ricardo Buitrago C
¿No saben interpretar los cachacos nuestra idiosincrasia, o estamos reflejando lo que no queremos? La duda –controversial por demás- me asaltó cuando me aprestaba a arremeter contra los libretistas capitalinos, por la forma como nos muestran en la telenovela Chepe Fortuna.
La caracterización de algunos personajes en principio me pareció infamante y me indignó, pero luego de detallado análisis experimenté las vacilaciones que ahora expreso, en disímil punto de vista -pos reflexión que no antes- al de dos connotados columnistas y un editorial de este diario:
El libreto, por una parte ejemplifica la manera descomplicada, alegre y extrovertida del ser Caribe, engrandecida por el entorno de hermosos parajes, bellas mujeres –Taliana embelesa- modismos y colorines propios de nuestra idiosincrasia; mientras que por otra acentúa falencias, defectos y chabacanería que –aquí nace la disyuntiva - nos enfurece al ver como interpretan lo que somos y nosotros decimos no ser, pero sin estar seguros de ello. ¡Me metí en camisa de once varas, pero ahí voy!:
Confieso que despojado de aprensiones veo mejor a Petra, la estrafalaria mujer interpretada por Lorna Cepeda en la novela, que la imagen nuestra que por analogía proyecta la ramplona Doña Leopo, en Telecaribe. Igual me parece peor prototipo de apariencia Caribe el ordinario, mujeriego, flojo y traqueto Lencho de Las Mercedes, que las figuras tipificadas con su mismo acento y procederes en la novela.
Burdas y soeces acciones, peores que esas, invaden la televisión local, y la radio ponderando lo que ahora criticamos. Intuyo, por los enquistamientos de esas prácticas, que tienen un rating que refleja el beneplácito de oyentes y televidentes con lo que perciben. ¿Entonces? ¿Gusta la chabacanería localmente, pero no cuando se emite nacionalmente?
La Sociedad Caribe es una sola e indivisible, pero hay un evidente conflicto en su composición entre una élite con el privilegio de ser culta (?) pero que tiende a perder costumbres vernáculas, y otra clase inculta que las conserva, pero cae en los excesos de la vulgaridad y la ramplonería. ¡y es eso lo que proyectamos!
Vemos en la novela entonces una imagen que no queremos exhibir, pues tiene las deformidades –incluidas vergonzosas prácticas políticas- que nos incomoda por no corresponder a la idealización de lo que creemos ser con lo que somos pero no deseamos ser. !Ufff hasta yo mismo me di con ese ramalazo¡ ¿Lo compongo?: o… con lo que NO somos pero reflejamos. ¿Mejor?
Ante esa dicotomía irresoluta imagino cuán difícil debe serle a un libretista expresar, con éxito, el arquetipo de esa identidad Caribe que magistralmente expone en narraciones costumbristas David Sánchez Juliao en El Pachanga, El Flecha, y otras, con caracterizaciones como la de la chismosa y bullanguera Doña Tulia, que así nos embelesa pero que deformada por otros estereotipos, que creemos ocultos pero que reflejamos, y el guionista percibe y trascribe, nos incomoda.
Me expongo al decirlo pero: estamos priorizando en nuestra proyección de imagen ramplonería y desafueros que avergüenzan, sobre bellas costumbres vernáculas que engrandecen. ¡No es más!
















