Columna publicada en "El Heraldo" Diciembre 28 de 2010
Por: Ricardo Buitrago C.
“Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca” La frase, que por lo desafortunada e impía, debía ser expresión para olvidar, fue pronunciada por Bolívar en 1812 en uno de esos arranques egocéntricos y prepotentes que le obnubilaban la razón.
Por desgracia, la oración hizo carrera. Fieles seguidores del gestor de las causas libertarias acogemos tanto sus aciertos como sus desafueros, que muchos tuvo.
Hasta nuestro Presidente, cuando la naturaleza personificada en el invierno arremetió contra el país, convalidó el nefasto pensamiento de Bolívar. Parafraseó al Libertador citando la errónea conjugación gramatical y desencadenó la búsqueda de responsables en entes descentralizados.
Que las CAR estén politizadas y sean ineficientes, no lo discuto; que gobernadores y alcaldes también lo sean, tampoco lo objeto, pero una investigación a 809 alcaldes, varios gobernadores y 15 corporaciones regionales no es sino un distractor del fondo del problema.
Lo que realmente falló fue el modelo de ocupación territorial efectuado sin ninguna planificación ni tecnificación, que llevó al país a luchar contra natura contrariando las fuerzas que ella impone.
Colombia, privilegiada por su riqueza hídrica, cuenta con cinco vertientes orográficas perfectamente definidas que sumadas representan un volumen de escorrentía anual de 2.092 Km3, de los cuales el 23.3% fluyen al mar Caribe, el 10.4% al Pacifico, el 33.5% al Amazonas, el 32.2% al Orinoco y el 0.6% al Lago de Venezuela
La región Caribe orográfica, -que no equivale a la Región Caribe territorial- conformada por la cuenca del Rio Magdalena, el Cauca, Sinú y afluentes que drenan al mar Caribe, no es la más grande. La superan con creces las del Amazonas y el Orinoco, no obstante es en ella donde ocurren las desgracias.
La razón: allí está asentada el 80% de la población colombiana que mediante un proceso económico, fundamentado en el modelo de: “tumba, quema y siembra” eliminó las áreas de amortiguación de los ríos, de tal forma que hoy solo hay, dentro del país ocupado (vertiente del Caribe) un 19% con cobertura forestal.
La misión Colombo-Holandesa -me comentaba mi compañero de consultorías Hernán Carmona, uno de los pocos ingenieros activos que participaron en ese proyecto- determinó con exactitud hace 30 años 18.310 kilómetros cuadrados de áreas inundables en la cuenca del Magdalena, y sugirió varias acciones para conjugar una amable interrelación del hombre con la naturaleza.
Obras como la construcción de dos grandes embalses de regulación denominados de Majagual y de Monpox, con 506 y 330 millones de m3 de almacenamiento de agua para irrigación de proyectos agrícolas, esclusas reguladoras en grandes ciénagas como la de Zapatosa y otras, quedaron en estudios corroídos por la carcoma del desdén y la indiferencia.
La política solo del terraplén desafiante es torpe emulo a la desfachatez con que un día retó a la naturaleza el libertador. La reconstrucción que ahora es imperativo acometer no será solución si no se acompaña de un reordenamiento territorial y se efectúan acciones que por centurias el país le ha negado a sus ríos.










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