
Columna publicada en "El Heraldo" Noviembre 3 de 2009
Por: Ricardo Buitrago C
Hay hechos, realidades y verdades incontrovertibles. Las mafias, la corrupción y la degradación moral son facetas de nuestra sociedad que no podemos ocultar. Lo malo es volverlas atractivas mediante truculentas novelas televisadas matizadas de ficción, cuya masiva difusión no persigue un fin loable sino obtener un rating satisfaciendo esa enfermiza sed de morbo inherente a la naturaleza humana.
Por desgracia, la endiablada competencia ha incentivado esa perniciosa práctica, que, producto de una sociedad que construye consumidores, no seres humanos equilibrados y llenos de valores, viene ganando espacio a pasos agigantados.
Bien concebidos guiones en lo artístico, aunque para mi, perversos en lo moral, utilizando actores de grandes calidades histriónicas, rodean de triunfante cinismo, protagonismo, arrogancia y desvergüenza, fantasiosas historias referentes de acontecimientos criminales reales convierten la realización en una apología delictiva. Claro, venden, y mucho, pero en igual grado también destruyen.
¡Capo…capo…capo!, era el coro que en escena de la novela de ese nombre emitida por el canal RCN, gritaban centenares de extras representados en la trama como reos. Tributaban admiración, veneración y respeto al personaje central; héroe, por sus atrocidades delincuenciales.
El estribillo; y ahí está el detalle, retuerce diariamente la conciencia de millares de televidentes que absortos, encantados y embaucados por un magnifico desarrollo de descarnada apología al mal, terminan solidarios y fanáticos del malandro y sus secuaces, haciendo fuerza para que lleven a “feliz término” sus actos delictivos, que se trunque la acción del Estado, que prosperen fugas, o que se suspenda una extradición.
Un subliminal trastrocamiento de valores se genera, producto de un excelente tramado que, desarrollado con calidad actoral, entroniza el mal entreverando actuaciones delincuenciales con razonamientos esbozados por el personaje central, tan bien urdidos, que terminan siendo casi filosóficos y justificativos de ellas. Mientras el libreto a organismos del estado los ridiculiza o los muestra accionantes de desafueros.
La institucionalidad colombiana, en sus diferentes organismos de las ramas ejecutiva, legislativa y judicial, ha tenido no pocos problemas, corruptelas y desaciertos objeto de justificadas críticas y denuncias. Yo me la paso en eso. Pero, de ahí a deslegitimarlos, ridiculizarlos y crearles animadversión en la forma como la telenovela los presenta hay una gran diferencia.
Flaco servicio le hacen a la Nación quienes ejerciendo libertades de opinión y difusión, con el subterfugio de revelar verdades, pero con el propósito real de mediante mórbida explotación obtener un alto rating, atropellan, no solo la imagen del país sino principios, valores y arraigo institucional. Es cierto: transmiten realidades de nuestro devenir, pero, los vericuetos de su tramado inducen a confusiones conceptuales que emitidos ante espectadores disimiles en edades, calidades morales y culturales, cuando no dispersos en objetivos de vida, pueden acabar convirtiendo vicios delincuenciales en virtudes públicas.