Columna publicada en "El Heraldo" Octubre 20 de 2009
Por Ricardo Buitrago C.
No hay nada más sabio y certero que las sentencias y moralejas emanadas de la cultura popular. “En burriquete cualquiera sube, pero ninguno llega”, reza un agudo refrán criollo. Y así resultó: Andrés Felipe Arias, quien pensó que solo trepado en el andamio de las preferencias y consentimientos se hacía meritos para llegar a la Presidencia de la República, se “esmondilló” del armazón que le había preparado el presidente Uribe.
Y no se crea que el latigazo lo lanzo con ánimo oposicionista. Soy uribista, y conservador además. Así que, develada mi condición ideológica retomo la fusta, así sea que al blandirla me azote a mi mismo: Arias, con los monumentales escándalos en la adjudicación de subsidios dentro del programa AIS se quemó. Está políticamente muerto. Y… como los cadáveres hieden, a ese que lo envuelvan y lo sepulten. Con él no iría ni a la esquina, ni como conservador, ni como uribista.
No voy a discutir la legalidad de los subsidios ni a entrar en disquisiciones sobre la necesidad que tiene el sector agrícola de que sigan existiendo, pero de que el ex ministro Arias la embarró, la embarró. No solo fue inferior a las expectativas, sino disperso en apreciaciones conceptuales, incapaz para manejar un ministerio y torpe hasta para encontrar justificaciones. Es que Dios perdona el pecado, pero no el escándalo, y en el que se enredo él solito es mayúsculo.
No acompaño, por muy conservador que sea, a quien por carecer de identidad propia ha sido en sus actuaciones infantil e irresponsable. No en vano lo apodan “Uribito”, y así actuó: como un niñito cuanto con dedo acusador señaló a Noemí Sanín, su principal contendora dentro del partido, responsable de una observación cuestionadora que ella supuestamente le hizo al Jefe del Estado en conversación privada sostenida entre miembros de la coalición de gobierno y el primer mandatario.
Cierta o no la imputación, los integrantes de una coalición están en el deber de franquearse sobre sus pensamientos, propósitos y verdades, independientemente que riñan con las de otros. Si Noemí expresó una opinión sobre un procedimiento que consideró equivocado, su actitud, más que criticable es abonable a su entereza y carácter. Es más grave no tenerlo y usurpar identidad ajena.
El partido no se puede equivocar en esta encrucijada que se está presentando. No deben sus miembros despedazarse entre partidarios de uno u otro bando. Cuestionar a Noemí por la sapeada de Uribito sería un desafuero, insistir en respaldos a causas inútiles por lo desprestigiadas, un error, y actuar con grandeza de patria para respaldar un candidato que garantice la continuidad de un proyecto afín con su ideario, un deber. La hora de las grandes decisiones está llegando. Salido Arias de la baraja, la carta, si es azul, está cantada.
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Otro latigazo: uribista si, pero primero Caribe. Riño con la oposición que el presidente le hace a nuestra legítima aspiración a conformar la Región Caribe. Desde los Andes, quieren definir nuestra integración a través de una vía que ellos han priorizado por encima de otras necesidades aquí planteadas. ¡No más!